Historias inmobiliarias: Como Arjona me ayudó a vender un apartamento

Domingo. Nueve de la noche. Suena el teléfono.

–Perdón por la hora –dice una voz de mujer–. Explica que está interesada en uno de los apartamentos que vio en la página web. Usa un tono formal, pero detrás de la formalidad percibo cierta emoción que no alcanzo a descifrar en el momento. Me pide que le amplíe información sobre el edificio y el apartamento.

Con esta nueva información (precio y otras características) me dice una vez más que el apartamento le interesa, aunque… –confiesa, casi disculpándose– no es su apartamento ideal y dice a continuación que su apartamento ideal acababa de ser vendido porque ella –aparece un tono de frustración– no ha podido comprarlo. No había terminado de vender el apartamento en el que vivía y no tenía más dinero para concretar el negocio.

Al día siguiente, a las nueve de la mañana nos encontramos para que conozca el apartamento. Es una señora joven, de unos cuarenta años que viene acompañada de uno de sus hijos, estudiante de arquitectura, según lo presenta. A pesar de exhibir vitalidad y una no poca dosis de gracia hay algo en ella que delata una tristeza, algún tipo de angustia.

La ubicación del apartamento parecía tener la mayor importancia para ella. Dijo que tenía una hija más pequeña, y, que cerca del apartamento, a pocas cuadras hay un colegio. Este dato parecía muy importante para ella. Sus ojos se aguaban de una manera muy sutil cuando hablaba sobre esto aunque conservaba su actitud formal.

–Se ve que es un proceso que le genera muchas emociones –le dije porque sentí que podía hacerlo.

Esta observación pareció liberarla. Así me contó que estaba en un proceso de divorcio. Había tenido que cambiar de ciudad, iniciar una vida nueva, hacerse cargo de sus hijos. Muchas veces -me confesó en voz baja para que su hijo, que veía la cocina, no escuchara- tenía que sobreponerse a sus emociones para atender a las necesidades de sus hijos.

Ahí entendí por qué para ella era tan importante la ubicación y el colegio. Quería estar cerca de su hija, acompañarla al colegio (tal vez también ser acompañada por ella) en ese nuevo comienzo, una circunstancia que para ella representaba calidad de vida, no solo por el tiempo y el dinero del transporte sino, lo más importante, por los motivos afectivos de la transición.

Aunque era evidente que la catarsis la había descargado en buena medida, parecía haber algo que todavía no la dejaba en paz.

–Está pensando en su apartamento ideal, ¿cierto?, le dije.

Un poco sorprendida me confesó que sí, ¡El otro apartamento le había gustado tanto!… De algún modo, en su mente, ya había empezado a vivir allá: ya sabía cómo iba a distribuir los espacios, cómo los iba a decorar, cómo iba a hacer adecuaciones; hasta había hecho cuentas para hacer una remodelación.

Le dije que entendía su doble decepción: por la separación –ver acabados unos sueños, un proyecto de vida–, y por la pérdida de su apartamento idealizado que representaba un volver a empezar, un lugar donde refugiarse, un lugar donde seguir adelante con sus hijos.

Le dije que seguro no era fácil y que entendía que el apartamento que estábamos viendo no tenía las mismas características que el otro, pero que era un espacio con un buen precio, que también podía personalizar, y que, el día de mañana, podía vender y obtener rentabilidad con él. Qué tal si, como dice Arjona –le dije–, este apartamento se convierte por hoy en el apartamento perfecto mientras llega el indicado

Su actitud cambió. Se quedó pensativa. En silencio.

–Bueno, déjeme pensarlo un poco, me dijo y se despidió, agradeciéndome con un gesto por mi escucha.

A los treinta minutos después de despedirnos volvió a llamarme:

–Está bien, lo compro. Me parece que ese Arjona tiene razón.

Me pregunté si alguien más se había tomado el tiempo de escuchar sus necesidades, ofrecerle confianza, y tratar de asesorarla en sus circunstancias de vida actuales para que pudiera tomar una decisión inteligente. Ese es nuestro trabajo.

 

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